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ESCENARIO
(Escribe Daniel Bosque) Covid-19 en Perú: Otro genocidio, amortajado de mentiras
Mining Press / EnerNews
06/09/2020

DANIEL BOSQUE*

"Y vino una gran pestilencia de viruelas e murieron más de doscientas mil almas en todas las comarcas" (Pedro Cieza de León, en crónicas sobre la muerte de Huayna Cápac en 1524)

Perú se ha subido, trágicamente, a lo más alto del ranking mundial de muertos por millón. Una desastre que tiene sus raíces en la furia del Covid-19, pero también en la necedad de una comunidad médica, institucional y política, que no encuentra "evidencias científicas" en otros abordajes que podrían haber salvado vidas y evitado el colapso hospitalario que ha multiplicado los males y llenado las funerarias.

Ayuda a entender este fenómeno ver  videos de youtube como el del 13 de mayo pasado de Luis Ramos Correa, médico de Enfermedades Infecciosas y Tropicales de la Dirección General de Intervenciones Estratégicas en Salud Pública, una presentación repleta de alardes de eficiencias y despliegues cibernéticos que pretendía que en Perú estaba todo bajo control. Pero  en los cuatro meses desde aquel video, Perú ha sumado 20.000 muertos más hasta llegar a casi 30.000 fallecimientos oficiales por coronavirus (aunque los decesos del semestre superan en 65.000, un 120%, a los de 2019, lo que lleva a sospechar).

El staff del Ministerio de Salud (Minsa) viene diciendo que se evitaron muchas muertes más con su protocolo de aislamiento, hidratación, hidroxicloriquina, azitromicina y acetaminofeno (paracetamol). En la misma línea vienen actuando, opinando y confundiendo a la población otros referentes de la salud pública y privada, como el infectólogo mediático Manuel Espinoza, quien so pretexto de invalidar el no regulado y riesgoso dióxido de cloro, de paso insiste en descalificar que el tratamiento con antiinflamatorios  no esteroides (los AINE, como el ibuprofeno, naproxeno u otros), antigripales y eventualmente antibióticos, los cuales permitirían combatir la temida inflamación que lleva a colapsar o terminar en los hospitales y respiradores donde han fallecido miles de ciudadanos.

Coronavirus (COVID-19) - Google Noticias

Pero el discurso falla por la base: Correa, Espinoza y otros tantos colegas difusores de embustes en América Latina están hoy cómodamente sentados sobre montañas de muertos. Decenas de médicos mediáticos que asesoran a gobiernos latinoamericanos han seguido a pies juntillas los desvaríos de la OMS, que bajó línea de una total oscuridad e inacción para las primeras y clave 72 horas de síntomas. Todavía hoy dicen sin inmutarse: "Prescribir antiinflamatorios retrasa la respuesta inmune y es un lujo que no nos podemos permitir” (sic).

Perú, rica en recursos naturales, había logrado desacoplar la economía de las trifulcas políticas y crecía al 5% anual en los últimos 20 años. Este año caerá un 10% mientras el Estado se ha entregado a compensaciones y subsidios sin freno. Ha florecido el negocio fúnebre, que en todo el territorio no da abasto y la epidemia ha dinamitado la red hospitalaria que hoy no  es capaz de solventar la atención primaria y la cura de enfermos crónicos. La línea de urgencia 113 otros call centers siguen confundiendo a la población con el mensaje de “por nada del mundo auto medicarse”.

El networking de la falacia (Según la Real Academia Española (RAE) engaño, fraude o mentira) incluye a la mass media peruana. Y a publicaciones, incautas o no, como ojopublico.com, que en su pretendido rol de chequeo riguroso, recientemente no consiguió mostrar un sólo argumento sólido para defenestrar a tratamientos eficaces y atestiguados por miles de pacientes sobre cómo frenar el avance de la enfermedad en primeros síntomas, tal como se venía haciendo con éxito en la media docena de virus Sars anteriores de este siglo.

Enfrente de este engaño paralizante, al que obedecen sin chistar millones de personas en el planeta, circulan por las redes sencillos y sensatos protocolos como los propuestos por el hondureño Fredy Portillo o la salvadoreña María Eugenia Barrientos que circulan en las redes.

El pecado original de Barrientos, Portillo y otros profesionales es que sus voces no provienen de países ricos de Occidente, como si allí se hubiera hecho todo bien. Pero sus acentos caribeños pueden acreditar curas y resultados que está lejos de exhibir la sanidad peruana promedio. Promedio, porque en este naufragio unos viajan en primera y muchos más en la sala de máquinas. Y la mayor parte de los muertos, por lejos, lo están poniendo las clases populares que no pueden acceder a excelencias hospitalarias.

En Perú, como en otros países latinoamericanos, el texto sanitario oficial no es capaz de corregir rumbos, a pesar de su desastroso recetario que ha ratificado en el protocolo de la Resolución ministerial 375-2020 del Minsa peruano. Ha sido así inevitable la guerra del oxígeno porque miles de peruanos, en todo el país, han muerto de hipoxia en sus casas y en la calle, clamando por un balón que le diera el aire imposible a sus pulmones. 

El cementerio del Ángel, el más grande de Perú. Foto: AP

La novedosa biblia médica peruana y su conteo sin fin de muertos y contagiados, repite que “el ibuprofeno, el naproxeno y otros antiinflamatorios retrasan la respuesta inmune, lujo que no nos podemos dar” (sic). En una docena de contactos con médicos del Perú, he escuchado su descreimiento de esa verdad oficial,  pero también la dificultad de enfrentar públicamente el relato institucional.

Este fenómeno de falta de objeción de conciencia también lo he podido corroborar en Argentina, Chile, Brasil, y España, entre otros países.

Desde que el virus de Wuhan se instaló en el mundo, abunda la confusión. Perú es hoy un paradigma trágico del sórdido corsé que propone como salvación milagrosa la vacuna. Esta semana, la prensa dedicó sus titulares a la fuerte apuesta del gobierno por la vacuna del laboratorio chino Sinopharm, que será ensayada en breve en 6.000 peruanos. El "coronabusiness" chino ya se mostraba en Lima en abril, cuando el presidente ejecutivodel laboratorio, Yong Liu, decía que Perú sería el más importante banco de pruebas de la vacuna Sinopharm, ya que en China habían disminuido notablemente los contagios.

Representantes de Sinopharm llegaron al Perú para comenzar con ensayos clínicos.  (Foto: Andina)
Chinos de Sinopharm, al llegar a Lima para hacer los ensayos

El gobierno de Jorge Vizcarra pretende vacunar a la población antes de abril próximo, con el ojo puesto en el calendario electoral, aunque las fases de validación sobre estas y otras vacunas estén lejos de realizarse. En una compulsa con empresarios, profesionales y periodistas, he escuchado la desconfianza hacia la vacuna china y preferencias con respecto a la vacuna de AstraZeneca, que impulsan la Oxford University y un pool de empresas, que se producirá en Argentina y otros países de la región.

Hace cinco siglos, sarampión, viruela, tifus, influenza y peste neumónica diezmaban a las tribus de Mesoamérica. Las nuevas enfermedades, para las cuales el mundo nativo no tenía anticuerpos, fueron primero un instrumento de dominación y después un problema para el español que precisaba esclavos y sirvientes en sus encomiendas y yanaconazgos para minas, haciendas y nacientes ciudades.

Esta era neomalthusiana es otra cosa: Sobra gente en el planeta y el trabajo de las máquinas no se sindicaliza ni se rebela. En una pandemia se van recursos humanos sofisticados y mano de obra barata. Es un filtro que los burócratas de la salud todavía no pueden aplicar a la perfección. Pero en Perú, como todo el mundo, quedarse en casa y lavarse las manos a cada rato es una suntuosidad a la que accede sólo un sector de la sociedad.

Para el resto, como en tiempos de Pizarro, hay intemperie, ganarse el pan y el riesgo más que cierto de un final amortajado en los embustes sanitarios que ha descripto esta crónica.

* Periodista. Director de Mining Press y EnerNews.


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*La información y las opiniones aquí publicados no reflejan necesariamente la línea editorial de Mining Press y EnerNews