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OPINIÓN
Escribe Daniel Bosque: Bienvenido a Insultilandia, póngase cómodo
29/05/2019
MINING PRESS/ENERNEWS

DANIEL BOSQUE*

A comienzos de los ‘90, cuando apenas alumbraban celulares e internet, un italiano ocurrente inventó un servicio de puteadas a domicilio. O mejor dicho, por teléfono.

Insulting.com ofrecía, en Milán y Roma, su logística de palabrotas, convenidas bajo rigurosa reserva, para que agraviadores anónimos al mejor estilo Profesor Tangalanga sacaran de quicio a jefes, suegras, exparejas, deudores morosos o vecinos indeseables. "Pezzo di Merda!,  Porca troia! Vaffanculo!" y cualquier otro epíteto dedicado, tras el pago sin factura de un arancel abonado gustosamente.

Por la tanada o el pinche crisol de razas, la Argentina siempre ha tenido a la puteada como su moneda de curso legal. El sencillo siempre a mano. Los argentinos, que en las encuestas nos vemos como cariñosos, solidarios, compañeros y familieros (sic), somos también una tribu de facciosos y paranoicos que huelen en todo lo diverso la acechanza y la agresión.

En las últimas horas cualquiera ha visto el regocijo de propios y extraños, en las primeras furias electorales, por los juveniles insultos en la Convención Radical, un grupito de clase media que no dejaba deliberar a sus correligionarios. "Veo que te preocupas demasiado cuando lo putean a Macri y no te molestaba lo que le dijeran a Cristina", me han soltado un par de viejos amigos kás. Me temo que no me entendieron. "Así se hace política, macho", me ha dicho otro, afín al macrismo. Me temo que no entendí.

Algo nos pasó en el país mapa bife de costilla. Desde hace un buen tiempo, todo el debate multisocial se está corriendo para el lado del insulto. Me lo hacen notar los extranjeros que vienen o viven aquí, básicamente en Buenos Aires. He visto vociferar sin piedad, en muchos casos como prefacio de agresiones físicas y hasta armadas, en estadios de fútbol, fiestas, recitales, asambleas universitarias, asociaciones de profesionales, sindicatos, hospitales, escuelas, oficinas públicas, trenes, clubes de barrio…Fatalmente los imbéciles, cuando se amuchan, pierden todo apego por la cordura. El mejor enemigo es el que muere y, mientras soñamos con ese día, vayámosle matando la palabra.

¿Que me ha molestado oír a un grupo de chicos rubios radicales gritar MMLPQTP?  No pibe, no te equivoques. Si esto es como el tema del escrache, de un lado y del otro, una miseria absoluta apretar a alguien en un restorán o en un avión, mientras otro tarado te filma el videíto. Ni hablar de cuando entre 10, 20 o 30 agarrás a un periodista o a cualquier sujeto y lo moles a patadas. Cuando el verbo se hace acto pero nada angelical.

Me dice un viejo militante que lo mío es prejuicio burgués, que el insulto es el recurso de los castigados y privados de derechos para hacer valer los suyos. Pero amigo, como dirían en Córdoba, hacéme la caridad y larguemos el fernet un poco. Como periodista he asistido a decenas de conflictos tensos y dramáticos en diversos países, donde las partes buscaban escucharse, sin la histeria patotera que aquí corre como el agua.

“Ni se te ocurra hablar porque te reviento, pedazo de hijo de puta” es la norma. En el país del no me acuerdo se disparó la inflación del insulto fácil y sordo. Maltrato primitivo, vulgaridad, boludeo sin fin, prohijados y estimulados por los líderes que deberían dar el ejemplo.

Pobrecitos, cuanto caímos, cada vez más pequeños.

*Director de Mining Press y EnerNews


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