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OPINIÓN
Carlos Tonelli: ¿Para adónde vamos?
MINING PRESS/ENERNEWS/Gaceta Mercantil
30/06/2020

CARLOS TONELLI

Días pasados el profesor Alberto Buela, internado con neumonía pero mejorando, me honraba con un análisis de nuestra realidad utilizando un concepto central –la mentalidad "bolchevique"– del que desprende y resalta dos de sus características principales: el igualitarismo y el pobrismo.

Él percibe en una buena parte de quienes nos gobiernan esa mentalidad que se contagia con su “pobrismo” entendido como una cierta exaltación de la circunstancia de la pobreza, del subsidio eterno sin el objetivo de erradicar la pobreza y su “igualitarismo” en tanto esa justa aspiración de igualdad entre los hombres, esa igualdad ontológica, da paso a una supresión de la alteridad, de las diferencias, de lo distinto. Buela encuentra un buen ejemplo en el establecimiento de esta cuarentena boba (el adjetivo es mío), que no distingue poblaciones en riesgo, que no pone su énfasis en aislar enfermos y círculos de contacto sino que nos encierra a todos por igual, y que está terminando de destruir nuestra economía.

 

No se puede (a riesgo de descontextualizar) analizar esta coyuntura sin observar que la alianza electoral Cambiemos, que se autopercibía y autoproclamaba como instancia superadora de 70 años de políticas y políticos vetustos y equivocados, debió haber intentado construir un capitalismo con reglas sólidas, como en los países que ellos denominaban "serios", los países "centrales". Para eso, y si el "perokirchnerismo" pretendía representar al "proletariado" caído y abandonado por "el sistema", Cambiemos debía haberse apoyardo en la "burguesía" local como base de sustentación, junto con la "oligarquía" de la pampa húmeda.

Se ha visto, su fracaso político y económico fue estrepitoso.

Hay que remontarse mucho en la Historia argentina para encontrar a las tres jurisdicciones centrales del país (Nación, provincia de Buenos Aires y Capital Federal) alineadas como lo estuvieron entre 2015 y 2019, y encima con el mayor auxilio económico de la historia por parte del FMI. El desastre permitió comprobar que se necesita mucho más que buenos gerentes para liderar un país.

Recesión y devaluación, más alta inflación, llevaron a que los socios de la burguesía local vieran pulverizarse sus balances y ganancias, la sociedad sufriera enormes embates de una economía desquiciada y, finalmente, esa alianza perdiera las elecciones presidenciales del año pasado.

Creo que este fenomenal fracaso se debió no sólo a no haber distinguido entre dos verbos, “gerenciar” y “gobernar”, sino y fundamentalmente al marco teórico que guía en nuestra América a estas élites, a esa forma de mirar la realidad que, brevitatis causae voy a denominar aquí como “la dependencia”.

Nuestras élites ilustradas han mantenido a rajatabla una dinámica “centro-periferia” con el poder económico occidental anglo-estadounidense en la que desde hace 100 años quedamos condenados al papel de proveedores de materias primas. Nuestra burguesía, debido a la forma en que se desarrolló (primero como representantes de la Metrópolis española y contrabandistas, y luego con las corrientes inmigratorias principalmente europeas masivas que llegaban con la idea de “hacerse la América” y que seguían añorando el mundo perdido) es la primera interesada en el mantenimiento de las relaciones de dependencia con los países así denominados “centrales”.

Ni la industrialización por sustitución de importaciones ni la promoción de industrias exportadoras y, mucho menos, las estrategias de apertura de libre mercado, permitieron a nuestro país, y por qué no a América, romper con esa dependencia.

Tomando un concepto del economista André Gunder Frank, Mauricio Macri quedó atrapado en una “lumpemburguesía”, es decir, tipos de clase media y alta, profesionales, pequeños industriales, etc., que poseen una mentalidad lumpen (carentes de conciencia de clase y que para su subsistencia y prosperidad desarrollan actividades siempre en los márgenes de la legalidad) que solo cumplen roles de intermediación vendiendo lo que la naturaleza del país da.

Esa supuesta élite en el poder se dedica a vender los recursos naturales y los bienes a los países centrales. Como bien señala Frank, en tanto el bienestar de estas élites locales depende cada vez más de la explotación de esos recursos y de la transferencia de esas ganancias a esos mismos países centrales, apoyados en un sistema financiero diseñado justamente para conseguir esos objetivos, y siempre con la mirada puesta “allá”, o directamente mirando desde allá como decía Arturo Jauretche, la espiral se retroalimenta y es cada vez más lamentable.

La alianza Cambiemos, que había recibido un país fundido, no pudo cambiar el rumbo; aparece claro hoy (con el diario del lunes) que nunca hubiese podido: no estaba en su genética.

La alianza electoral ganadora el año pasado, otra nueva expresión del "perokirchnerismo", se hizo cargo de un problema que ellos mismos, en su versión anterior con doce años de gobierno profundizaron y acentuaron, que lleva 100 años de marchas y contramarchas y que nos ha otorgado el raro honor de contarnos entre los únicos países del mundo que en términos relativos retrocedieron en forma sostenida durante el último siglo.

Tenían al asumir, apenas hace seis meses, dos desafíos claros: atender urgentemente la cuestión social y reencauzar la economía.

Y se desató la pandemia.

Y con la pandemia enseñoreándose por el planeta, el Frente de Todos fue cada vez menos "de todos", volviéndose más sectario, profundizando y ensanchando la triste grieta, desconociendo que quien ganó la contienda electoral no posee la suma del poder público sino que representaba en el origen al 47% del electorado, y que hay otra mitad del país que votó por otra cosa.

Argentina tiene cuestiones centrales que resolver: en su esencia, esta matriz de dependencia que quedó anotada más arriba.

Pero tenemos que resolver qué queremos de nuestro sector agro-industrial-exportador, tenemos que resolver en qué país queremos vivir. No alcanza con declaraciones humanitarias: todos los argentinos de bien queremos reducir estos niveles de pobreza escandalosos, todos queremos erradicar la narco-criminalidad, todos queremos gritar "ni una menos". Pero a esa realidad mejor hay que construirla. Y ahí aparecen nuevamente las desavenencias irreconciliables.

En un mundo con un gran desorden multipolar, donde los países a pesar de estar cada vez más interrelacionados se cierran sobre sí mismos en una vuelta al nacionalismo, donde las tecnologías de la información están reinventando constantemente la economía y donde la búsqueda de la riqueza desprendida de toda atadura ética humana se pasea rampante, nuestra Argentina anda sin rumbo. Cambiemos nos hizo creer que tenía un rumbo y defraudó a sus votantes y el actual gobierno no ha enunciado para dónde va, pero su gestualidad asusta y desanima al menos a la mitad de la población.

Tenemos que salir de este pobrismo. Tenemos que salir de esta noción errada de igualdad estúpida. Tenemos que discutir las formas de romper nuestra dependencia pero sin reeditar aquella mentalidad "bolchevique" que causó millones de muertos y 70 años de penurias económicas a la gran Rusia. Tenemos que poder aprender de la Historia. La guerra híbrida en la que se embarcó el gobierno de nuestra querida Venezuela, bajo el ropaje de la dignidad, la ha conducido al desastre: ya no hablamos del desabastecimiento de papel higiénico sino que somos testigos azorados de la llegada de barcos iraníes cargados de combustible a los puertos del país más rico en reservas hidrocarburíferas de la región. ¿De qué independencia y soberanía nos habla Nicolás Maduro?

Esas políticas no han sido exitosas, no les han servido a sus respectivos pueblos. Esas políticas hicieron sufrir a los rusos, hicieron sufrir a los países del Este europeo, hacen sufrir a los venezolanos.

Argentina se encuentra ante un abismo. Quienes todavía podemos invertir, quienes amamos a nuestra Patria, no sabemos hacia dónde va. Nuestra dirigencia (de todo nivel, política, empresaria, judicial y siguen las firmas) ha venido "carancheando" sistemáticamente durante 100 años, robándose y repartiéndose los despojos de nuestra Patria, sin definir un destino, aunque siempre con palabras grandilocuentes.  

Nunca hay buen viento para quien no sabe a dónde va.


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