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OPINIÓN
Escribe Afredo Gutiérrez: Acerca de "los odiadiores"
MINING PRESS/ENERNEWS
13/07/2020

ALFREDO GUTIÉRREZ

Los otros nos odian.

Esa es la consigna del momento. El relato que debe plasmar en la gente y, si es posible, que quede como una marca en la historia. La maquinaria política se puso en marcha y el mensaje bajó hacia funcionarios, dirigentes, diputados, militantes de los diarios y de Twitter.

Hay que repetirlo como un mantra: se oponen a nosotros porque ellos odian.

El nuevo discurso ha decidido rescatar del fondo de la historia un concepto que la cruza desde los orígenes, como si la sociedad no hubiese evolucionado. Aquél era un odiador, por eso lo fusilamos. Los indios odiaban a los blancos, por eso los matamos. Los unitarios odian al país de los federales, por eso nosotros (que somos los buenos) cortamos sus cabezas y las exhibimos en picas en las plazas públicas. Y viceversa. Evita decía que los poderosos odian a los cabecitas negras, por eso hay que odiarlos a ellos también. Los militares odiadores le dieron la razón cuando bombardearon la Plaza de Mayo. Las formaciones especiales peronistas respondieron con más odio, con el secuestro y asesinato de militares (y la muerte de civiles y colimbas, daños colaterales). En la dictadura, más de eso: asesinatos ilegales, desaparición de personas, apropiación de bebés, tortura. Y nuevos daños colaterales.

Es un concepto superador: no se trata de la lucha de clases (Marx), sino del odio de clases.
Es una mirada, una forma de organizar mentalmente a la sociedad: no hay intereses en pugna, sino posturas que odian.

Nos odian a nosotros, claro. Porque nosotros, las víctimas, somos puro amor. Sin embargo, el odio no es patrimonio de un solo sector.

Poner fotos de periodistas en la Plaza para que la gente las escupa (y muchos lleven a sus hijos para que aprendan a escupir al otro). Arrojar 14 toneladas de piedras sobre el Congreso porque estás en contra de una ley que se está por aprobar. Blandir simpáticos dibujos de helicópteros en las movilizaciones (una invitación a que se vaya así un Presidente, sin terminar su mandato). Bloquear las calles con piquetes todos los días. Agredir a un movilero hasta hacerlo sangrar y arrojarle cenizas calientes en medio de una movilización.

Todo eso no es odio, sino “resistir con aguante”.
Somos las víctimas. Somos los buenos.

Un diputado nacional justificó la agresión a Bazán en 2017: lo tiene merecido, por le medio donde trabaja. El mismo diputado ahora repudió la agresión a un móvil de C5N, hecha por “odiadores”. El primer caso, se trató de un periodista de un medio opositor. En el segundo, de un medio afín a su sector político. Víctima y victimario son sustantivos relativos e intercambiables, depende de en qué lado estén.

Para el otro lado, en tanto, convocar a “matar a la yegua”, o llamar “albertítere” a un Presidente, tampoco es odio, sino apenas libertad de expresión. En ese sector algunos se esfuerzan en confirmar esta teoría. Durante el banderazo del 9 de julio, un afiche en la luneta de un auto decía: “Fase 1) fusilar a los políticos, fase 2) fusilar a los sindicalistas, fase 3) Argentina despega”.

Sería necio negar que el odio existe en ciertos (pequeños) sectores de uno y otro lado. Lo malo es poner al “odio” como categoría política de análisis de toda la realidad, y actuar en consecuencia.
Tomar esa palabra y llevarla al centro del discurso político es riesgoso. Puede abrir puertas que no sabemos adónde conducirán. Serbios contra croatas, turcos contra armenios, Tutsis contra Utus en Ruanda, el odio muchas veces terminó en matanzas. Seguramente en Alemania había sectores que odiaban a los judíos. Pero el nazismo tomó eso, lo llevó a la categoría de valor político y de praxis de Estado, y terminó en millones de asesinatos (de todos modos, no creo que ése haya sido el objetivo final, sino la excusa, para avanzar en la creación de un imperio económico y militar. Pero eso es justamente el problema: blandir el “odio” en el discurso sirve para ocultar el verdadero motivo de las políticas que se aplican).

En el fondo, hay una disputa a ver quién le cuelga el mote de “odiador” al otro. Es la disputa por el relato, por cómo se cuenta la historia.

El odio, así, sería relativo: depende de quién es el odiador y quién el odiado.
Pero el odio es una idea que debería ser objetiva. O los abarca a todos, o a ninguno.

Es un juego de espejos. Si lo hago yo, está muy bien justificado. Pero si lo hacen los otros hay que denunciarlo, son sectores abyectos que no quieren el bien para el país.

La relatividad política es una invitación a que todo se desmadre.

Lo peor sería que no se trate de un modo de victimizarse (“odian, pero nosotros somos ángeles buenos que estamos en contra de los odiadores seriales”). Lo verdaderamente peligroso es que se trate de un preparativo para responder con más odio al supuesto odio.

La reacción de todo el arco político frente a la amenaza carapintada de los 80, con de Alfonsín y Cafiero juntos en el Balcón como símbolo de protección de un valor superior (la democracia), ha quedado en el olvido. También la consternación por la desaparición de Julio López en los albores del kirchnerismo: los opositores no culparon al Gobierno, unos y otros coincidieron en una mirada en defensa de los derechos humanos.

Pero eso ya es historia.

Lamentablemente.

Es posible, e inevitable, que haya pequeños sectores que odien. En ambos lados de la grieta. Pero hay una gran mayoría no cree en estos extremos y queremos vivir en paz.

* Periodista.


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