Wood Mackenzie difundió su reporte de mitad de año sobre el sector de metales y minería, titulado "2026 Metals and mining outlook at half time: more fragile than it looks, more resilient than it feels" (algo así como "más frágil de lo que parece, más resiliente de lo que se siente"). El documento repasa cómo se cumplieron —y cómo no— los pronósticos que la consultora había trazado para este año, marcado por lo que definen como "giros, vueltas y transiciones".
Según el análisis, el 15° Plan Quinquenal de China transcurrió sin grandes sobresaltos, con Beijing adoptando una postura defensiva orientada a manufactura avanzada y un apoyo indirecto y moderado al consumo interno. El verdadero factor disruptivo fue el conflicto en Medio Oriente, que la consultora no había anticipado como tal, aunque sí había previsto el marco general de mayor fricción geopolítica y menor cooperación global.
Los precios de petróleo y gas se dispararon durante el pico del conflicto para luego normalizarse, en un comportamiento que Wood Mackenzie califica como sorprendentemente rápido. Estados Unidos, pese a un fallo judicial adverso, mantiene sus aranceles a través de distintos mecanismos y todo indica que continuará haciéndolo.
En materia de electrificación, la consultora considera que su escenario de "recableado y recarga" se cumplió: el debate sobre generación, transmisión y uso final de energía escaló, con los centros de datos ganando protagonismo en la conversación energética global.
Donde el pronóstico no se cumplió como se esperaba fue en la oferta. La hipótesis de un "crecimiento con barandas" —expansión más cautelosa de la producción— no se verificó: la oferta se siguió expandiendo en la mayoría de los commodities, incluido el cobre, mercado que ahora vuelve a mostrar señales de superávit. La excepción es el aluminio, golpeado por daños en instalaciones ubicadas en Medio Oriente.
El impacto real sobre metales fue limitado
Uno de los hallazgos centrales del informe es que, pese a la magnitud del shock sobre los volúmenes de petróleo y gas, el sistema de metales y minería mostró un grado de disrupción menor al previsto inicialmente.
En el pico del conflicto, Wood Mackenzie proyectaba un déficit de entre 2,5 y 3 millones de toneladas de aluminio; la estimación actual bajó a alrededor de 1 millón de toneladas. Sobre la producción de hierro de reducción directa (DRI), la consultora había identificado que cerca de un 32% de la producción global estaba concentrada en zonas afectadas, aunque su peso relativo sobre el mercado global de acero resultó acotado.
El cobre y, especialmente, el níquel producido en Australia sintieron el impacto indirecto de las restricciones chinas a las exportaciones de ácido sulfúrico, en un contexto donde buena parte de la oferta global de azufre está vinculada a la región en conflicto. El litio, en cambio, quedó prácticamente al margen: la sobreoferta existente y la concentración de la demanda en China lo mantuvieron aislado de las turbulencias.
"Quizás lo más llamativo es cuán poco se vio afectado el sistema global, considerando la escala del shock sobre los volúmenes de petróleo y gas", señala Wood Mackenzie en el informe.
La consultora atribuye esta resiliencia a las cadenas de suministro fortalecidas durante la pandemia de COVID-19 y, más recientemente, a la adaptación previa frente a las disrupciones comerciales y arancelarias: los planes de contingencia ya estaban activados, no debieron improvisarse.
La resiliencia tiene un costo
El informe advierte que esa capacidad de absorción no es gratuita. Las tensiones comerciales sostenidas y el conflicto en Medio Oriente comienzan a presionar sobre la inflación, el crecimiento global y la demanda de commodities. La Reserva Federal de Estados Unidos, de hecho, no bajó tasas pese a la presión para hacerlo, citando preocupaciones inflacionarias.
En el plano sectorial, la demanda global de acero muestra signos de debilidad en el corto plazo, el cobre se encaminaría hacia un superávit más marcado este año, y hasta los déficits de aluminio generados por el conflicto se irían atenuando hacia 2026. Un patrón que se repite en casi todos los metales es el desplazamiento del eje de crecimiento de la demanda desde China hacia India y el sudeste asiático.
"Hecho en casa" como estrategia
El reporte identifica un giro relevante en el discurso sobre autosuficiencia productiva. Lo que empezó como una agenda de "reshoring" —recuperar empleos industriales mediante barreras comerciales, incluido el CBAM actualizado de la Unión Europea, o impulsar la descarbonización vía energías renovables— evolucionó hacia un objetivo más amplio: construir capacidad regional y doméstica para amortiguar la volatilidad geopolítica.
Según Wood Mackenzie, el debate sobre el costo de las renovables y la electrificación del transporte quedó relegado frente a la discusión sobre disponibilidad energética, aunque no está claro si esa prioridad se sostendrá en el segundo semestre si el conflicto se prolonga o si la economía global entra en recesión.
Las variables a seguir
El informe deja planteados varios "wildcards" o factores de riesgo para lo que resta del año:
+ Que la inversión en nueva oferta se frene ante la incertidumbre de un segundo semestre más volátil, validando —por otras razones— el pronóstico original de menor crecimiento de oferta.
+ Que el conflicto en Medio Oriente escale y derive en una recesión profunda.
+ Que la resiliencia observada sea en realidad una respuesta demorada, y que el verdadero impacto sobre las cadenas de suministro y la economía real todavía esté por llegar.
+Que, en el otro extremo, los efectos inflacionarios resulten pasajeros y una ola de inversión termine optimizando las cadenas de valor regionalizadas.