Un informe de Goldman Sachs Research señala que la subida de los tipos de interés y la fragmentación geopolítica premian a las empresas con activos tangibles e infraestructura física.
Los inversores bursátiles globales han comenzado a reorientar sus carteras hacia compañías con uso intensivo de capital y activos tangibles, en un contexto caracterizado por tasas de interés elevadas, inflación sostenida, mayor endeudamiento público y fragmentación geopolítica.
De acuerdo con un análisis de Goldman Sachs Research, este escenario -denominado por el estratega jefe de renta variable global de la firma, Peter Oppenheimer, como el «ciclo posmoderno»- representa un cambio de régimen respecto al modelo dominante tras la crisis financiera de 2008, el cual favorecía de forma consistente a las empresas tecnológicas con esquemas de reducidos activos físicos (asset-light).
El informe de la entidad financiera detalla que, desde la década de 1980 hasta el final de la pandemia de COVID-19, la combinación de tasas a la baja, desinflación y capital barato canalizó la mayor parte del flujo de inversión hacia el software y servicios digitales escalables de bajo costo de producción marginal. Sin embargo, las restricciones de oferta surgidas en los años posteriores a la pandemia comenzaron a presionar sobre la inflación y las tasas de interés. Como consecuencia, los activos reales mostraron un rendimiento superior sustentado en el alza de precios, desplazando gradualmente el liderazgo hacia sectores como el industrial, los mercados emergentes, el mercado japonés y el oro.
De acuerdo con el análisis de Oppenheimer, el encarecimiento del costo del capital amplió la brecha entre empresas ganadoras y perdedoras en el mercado bursátil, reduciendo el impacto de los múltiplos de valuación generalizados y tornando crucial la selección individual de acciones. En este marco, las empresas con activos tangibles y elevadas barreras de entrada -denominadas compañías HALO por sus siglas en inglés (heavy assets, low obsolescence, o activos pesados y baja obsolescencia)- presentan una mayor previsibilidad en sus flujos de caja que ciertos segmentos del software tradicional, expuestos de forma directa al riesgo de depreciación o a la disrupción impulsada por la inteligencia artificial.
El impacto de la inteligencia artificial y la energía
Aunque el gasto de capital como proporción del Producto Interno Bruto (PIB) mostró una tendencia decreciente en las economías desarrolladas desde aproximadamente 1960 -debido a la externalización de manufacturas hacia China y mercados emergentes, sumada al avance de los servicios-, el nuevo régimen exige un fuerte aumento en la inversión física para apalancar el próximo ciclo de crecimiento económico. En este proceso, la propia industria tecnológica demanda de forma creciente soporte de infraestructura en el mundo real.
Goldman Sachs Research proyecta que los principales proveedores mundiales de infraestructura de inteligencia artificial realizarán inversiones de gasto de capital por alrededor de US$ 755.000 millones en 2026 y US$ 920.000 millones en 2027. Esta masa de inversión genera un efecto derrame positivo sobre los proveedores de energía, desarrolladores de centros de datos y sectores tradicionales u orientados al valor de la vieja economía que habían sido postergados durante décadas.
Al respecto, Peter Oppenheimer afirmó: "Sin duda, existe una disposición por parte de los inversores a financiar proyectos que requieren una gran inversión de capital, porque cada vez hay más confianza en que este tipo de proyectos pueden generar rentabilidad. Los centros de datos y los proveedores de energía se han vuelto cruciales para sus planes de crecimiento, lo que ha generado un efecto en cadena en el que el gasto en gastos de capital de los gigantes tecnológicos se ha extendido a mejores oportunidades de crecimiento en muchos sectores tradicionales, orientados al valor y propios de la vieja economía, que durante mucho tiempo habían sido ignorados".
Tensión geopolítica, selección de activos y riesgos
A la par de la aceleración tecnológica, la fragmentación del escenario internacional presiona al alza el costo del financiamiento. Los gobiernos han incrementado los niveles de emisión de deuda pública para abordar prioridades estratégicas como la solidez y relocalización de las cadenas de suministro, la seguridad energética de los Estados y la expansión de los presupuestos nacionales de defensa.
En este nuevo contexto de mercado, a diferencia del entorno previo de liquidez abundante donde bastaba con la exposición generalizada a activos financieros para obtener retornos vía expansión de múltiplos, los rendimientos quedan supeditados a la capacidad de las empresas para generar ganancias fundamentales que superen el costo del capital.
No obstante, Oppenheimer advirtió sobre los desafíos de valoración inherentes a las compañías con alta intensidad de capital dentro de sectores en expansión. Debido a que la generación de valor de estos proyectos requiere inversiones elevadas con períodos prolongados antes de mostrar rendimientos netos o beneficios concretos, la determinación del valor razonable de los activos continúa representando un factor de complejidad para los analistas e inversores.